Cuando era más chica, solía andar en moto... Mi hermana tenía una "dax" que yo usaba como si fuera mía desde los 13 años, o antes quizás también. El viento enredando mi pelo una tarde de verano, acariciando mis brazos y forzándome a cerrar los ojos mientras la agujita del velocímetro marcaba donde ya no había números, era algo altamente placentero en mis adolescentes días.
Tenía a mi copiloto, Eugenia, compañera de ruta, pavadas y accidentes. Recuerdo que una preceptora nos dijo, después del primer choque, que no hay que andar tan apurado. Ella (Silvia) todavía suele andar en una bici con carrito atrás desposeída de relojes, con una calma que entonces me resultaba difícil de comprender, y me preguntó por qué esa ansiedad en el semáforo, por qué esa ansiedad de pasar a los autos, andar tan rápido para ir a dónde?
En el segundo accidente, cuando vi a la Juge tirada contra el cordón de la vereda convulsionando tomé conciencia de que nos morimos en un segundo de adrenalina, un segundo de estupidez. Gracias a la suerte, a Dios o a la vida, mi amiga y yo la sacamos barata, como Camilo.
Les comparto estas líneas, cuando me las leyó Ivon, la cordinadora de un taller de producción pedagógica, pense: "tal cual". Y cuando conocí la historia de este pibe me conmovió y me inspiró muchísimo, muchos sentimientos, muchas ganas de trabajar... pero eso es historia para alguna otra entrada...
Camilo estuvo preso, lo menciono para que se entienda por qué no esperaba la mano que le fue tendida, cuanta grandeza este muchacho con sus reflexiones, gracias poeta!
Huesos que se parten
Todos me dicen que la saqué barata, yo digo que me quiero matar, siempre supe que en la selva hay que estar atento de las bestias, pero nunca pensé que se me iba a cruzar una en medio de un desierto (de tráfico). El palo me lo dí en un cruce tranquilo, nada de avenida, autopista o calles muy transitadas. Un cruce donde pasará un auto cada 3 minutos. Me la puso un camión de costado, misterio o dioses locos, pero por suerte venía con casco al igual que mi acompañante, que tan solo se raspó un poco, yo en cambio fractura con desplazo de tibia y peroné, me van a operar para introducirme un clavo en todo el hueso de la rodilla al tobillo.
Fue un lindo choque, con mucha estética, ya que fue estético ver mi pierna devenida en una S. La música la agregaron mis gritos de desgarro. Admito mi responsabilidad sin penas ni olvido, venía colgado y se te cruza un camión… eso si que es histerisquear con la muerte. El paragolpes me dió en la canilla y la rompió en dos, pero soy conciente que nos podía haber chupado hacia debajo de la carrocería y el panorama hubiese sido de velatorio. El dolor fue zarpado. Llevaba más de un año manejando la moto y nunca había tenido un choque tan fuerte, si muchos avisos, caídas y raspones pero no esta agonia, caí en la trampa genética de creerme macho y que la velocidad y la adrenalina le otorgan a uno la inmortalidad.
La ciudad es una jungla sin ley, los semáforos son disfrazes de nuestra histeria y una metáfora de la producción. Donde a todos nos chupa bien un huevo el otro y donde es inevitable no desear sumarse a esa locura, te brinda mucho poder la velocidad y el poder es muy tentador para nosotros los civilizados. Yo lo choco total lo paga el seguro. Cada día uno se rinde ante el nerviosismo, insultos, ceños fruncidos, gritos, frenadas, bocinazos, más gritos, más bocinazos, ¡apurate que te piso la concha de tu madre! Pero esas son imágenes que aburren denunciarlas, porque ya son parte de nuestra naturaleza . Tan solo queda armar una reflexión y bajar un cambio.
Hoy desde el reposo entiendo la velocidad, hoy desde mi convalecencia comprendo lo acelerado que uno anda. Duele la pierna y estar internado, duele más cuando uno se da cuenta que los accidentes no existen, que todo es causa y efecto, sembrar adrenalina es cosechar huesos rotos, lesiones neurológicas y altos raspones.
¿Hacia donde iba tan apurado? ¿Adonde nos lleva la ansiedad automovilística? ¿y si moría en el accidente? Tanto difundir mi metamosfosis para caer como un gil en las garras de la nafta y el caucho.
Mientras mi pierna era una S y yo gritaba, lloraba y crujía mis dientes por la fractura, alguien me dió la mano que nunca hubiese esperado; un policía me apretó fuerte la derecha con su derecha y me calmó con un; “negro tranquilo te quebraste nomás, la gamba no la perdés” y después me dió agua. Me enseñó mucho y ya no quiero odiar a la policía, al fin de cuentas son victimas y empleados del mismo patrón que dirije a los delincuentes, están perfumados con el mismo barro que los chorros y tienen el alma triste por cumplir una función que es un atraso en la evolución humana.
Camilo Blajaquis

