Me gusta
cuando esos mundos en los que me sumergen las letras, esos que me despiertan,
me interpelan, me embelesan y me hacen
parte, de pronto, inesperada y mágicamente,
se tocan…
Me lo habían anticipado, yo llegue a una feria de libros buscando comprar Rayuela para hacer un regalo, y como no lo tenía, el vendedor me ofreció Cien años de Soledad… Me dijo que García Márquez y Cortazar habían sido amigos, y que incluso en esta novela, Gabriel mencionaba a Rocamadour.
Yo compré el libro porque era otro de esos libros que siempre había querido leer, pero creí, desconfiada, que el vendedor me había dicho cualquier cosa. ¿Qué tendría que ver Rocamadour con Macondo y la estirpe de los Buendía? ¡Imposible!
Escalofrío en la piel, humedad en los ojos, complicidad y emoción en el alma, admiración en el pensamiento, gratitud en el corazón… fueron, creo, algunas de las sensaciones que me atravesaron cuando, leyendo Cien años de soledad, me encontré con este fragmento.
Yo conocí esa habitación, el humo del
cigarrillo y los discos de jazz… yo lloré en esa habitación y me enojé para
siempre con Oliveira…
Le llaman dialogismo, yo creo que es una
genialidad, un acto de amor, de
reconocimiento, de memoria… quien no
haya leído Rayuela antes, quizás no haya
podido sentir de pronto a ese magnífico
portal abrirse, hermanando a estas dos magníficas obras, acaso las más
magníficas de todos los tiempos.
“Aureliano,
por su parte, no tenía más contacto con el mundo que las cartas del sabio catalán, y las noticias que recibía de Gabriel a
través de Mercedes, la boticaria silenciosa. Al principio eran contactos reales. Gabriel
se había hecho reembolsar el pasaje de regreso para quedarse en París, vendiendo los
periódicos atrasados y las botellas vacías que las camareras sacaban de un
hotel lúgubre de la calle Dauphine. Aureliano podía imaginarlo entonces con un
suéter de cuello alto que sólo se quitaba cuando las terrazas de Montparnasse
se llenaban de enamorados primaverales, y durmiendo de día y escribiendo de noche
para confundir el hambre, en el cuarto oloroso a espuma de coliflores hervidas
donde había de morir Rocamadour.”
Te lo dije ya en otras oportunidades: ¡Qué bueno ese "valor agregado" que le imprimís a tus cosas, tu impronta personal! Felicitaciones!
ResponderEliminarOhh qué buen hallazgo!! No sabía de esto, qué bueno que lo contás y cómo lo contás!! Genios con la lámpara encendida esos dos, creo que me enamoré de ambos, de Gabo cuando era adolescente y de Julio cuando quise delirar jaja! Gracias Xime!! te quiero!!!
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